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Este artículo corresponde a la ponencia presentada en el V Congreso Internacional lyra minima, en el Instituto de Investigaciones Filológicas en noviembre de 2007. Aborda algunos conceptos del compositor, intérprete en la baja edad media y el renacimiento y la relación del músico preparado con la lírica de orígen popular. Autor: Manuel Mejía Armijo
“El quehacer del músico en la antigua lírica
popular hispánica (siglos XIII al XVI):
Una luz en nuestro tiempo”
Manuel Mejía Armijo
Músico, laudista y compositor
Esta ponencia
está basada en los pensamientos de unos cuantos músicos y eruditos del siglo
XVI acerca de su relación con la lírica popular. A la luz de sus escritos
reflexionaremos sobre temas que han estado vigentes desde el medioevo hasta
nuestros días. Pero antes que nada, sirviendo como introducción y con el deseo
de agradar a su valiosa atención, contaré dos historias del Quitab al Agani,
enciclopedia de la antigua música árabe cuyo valor descriptivo me parece muy
alto. En la legendaria ciudad de Damasco, Mabed, el cantor favorito de la
corte, presentó ante el califa a su talentoso alumno Malec. El joven músico,
impactado por la presencia del califa, interpretó una de sus composiciones
originales lleno de nerviosismo; finalmente los nervios le traicionaron y dos
guardias lo acompañaron a la puerta para que no siguiera sufriendo y haciendo sufrir
a los nobles oyentes. Sacando provecho de la dura experiencia, Malec decidió
viajar para escuchar las canciones de los camelleros, para escuchar las
canciones de los pescadores, de las tejedoras, de los campesinos. Aprendió bien
y, gracias a su formación musical realizó excelentes interpretaciones de estos
cantos rústicos y volvió al palacio, se tomó tres copas de vino, dio tres
golpes a la puerta y otra vez frente al califa, ejecutó algunas piezas de su
nuevo repertorio. Esta vez el califa quedó tan complacido que obsequió a Malec
con tres bolsas de oro.
Ahora en Bagdad,
en los tiempos de Arún al Rashid, un intérprete ejecutó una canción tan hermosa
y fresca que todos le preguntaron cómo se había inspirado para lograr un canto
tan bello. El músico les contó que no era una composición suya, pero que la
historia de esta canción merecía ser contada: hace años era sirviente de un
severo amo en la Meca; y como era costumbre un día me dio dinero para que fuera
a comprar la carne al mercado. En el camino me encontré con una hermosa
muchachita que, llevando un cántaro de agua en la cabeza, caminaba al son de
una dulce cancioncilla; si la muchacha me atrajo de por sí, me atrajo aún más
su canto y yo la detuve para rogarle que me enseñara aquella canción. Como se
negó a hacerlo, yo le ofrecí el dinero de la carne y entonces sí que me la
cantó varias veces hasta que la memoricé. Regresé a mi casa tarareando y cuando
vi a mi amo mal encarado e impaciente frente a la puerta pensé que algo malo
pasaría: al ver que no traía la carne ni el dinero, el hombre empezó a
golpearme de tal manera que la canción se me salió de la cabeza. En cuanto me
repuse mi amo me dio dinero para que fuera de nuevo por la carne, pero en el
camino tuve en suerte encontrarme de nuevo a la muchacha con su cántaro;
atormentado por la posibilidad de perder aquel canto para siempre corrí hacia
ella, le conté lo que me había sucedido enseñándole las marcas de los golpes,
le di el dinero y le rogué que me la volviera a enseñar. Me la cantó al oído una
y otra vez, haciéndome sentir su dulce aliento en la mejilla. Volví a la casa y
cuando mi amo me pidió furioso, explicaciones, le canté la canción que había
aprendido; me pidió que la repitiera varias veces y esta vez, en vez de golpes,
me colmó de abrazos, besos y bendiciones.” Al callar el músico, el gobernante
exclamó: -Ismail Bin Elharbad, no sé qué me ha causado mayor placer, tu canción
o tu historia.
Sírvanos de
consuelo que aunque el fugitivo canto de la muchacha se nos ha escapado de
nuevo, podemos gozar esta historia, que como otras de las recogidas por
Abulfarrach el Isfajaní en su obra, dan cuerpo con la plasticidad de la
anécdota a la teoría de Menéndez Pidal sobre el origen de las lenguas románicas
por medio de la palabra volátil, recogida del viento y lanzada de nuevo a él.
La palabra que ajustándose bien las alas de la música es poderosa en su
fragilidad, es expansiva en su fugacidad.
En su
apasionante obra “Poesía juglaresca y juglares” Menéndez Pidal considera
características esenciales del juglar medieval la capacidad de causar
alegría y su actuación en lugares públicos desmintiendo con multitud de
información documentada en fuentes medievales la necesaria condición
mendicante. Pero la ambigüedad con que puede juzgarse el causar alegría, las
múltiples maneras de actuar en espacios abiertos y la realidad de la existencia
de juglares mendigos causó desde tiempos medievales severas confusiones.
Giraldo Riquier suplica en el siglo XIII al rey sabio que ponga orden en los
nombres y jerarquías de los juglares que van desde quien tiene cómo único
mérito (si se le puede llamar mérito) el carecer del sentido de vergüenza hasta
el don doctor de trovar, componedor y erudito tanto en poesía como en música.
Vemos que en la práctica de la juglaría medieval, juglar y trovador se
confunden en sus quehaceres; el juglar está al servicio del trovador y
socialmente, suele ser de un estrato más bajo, pero la figura del trovador nace
a partir de la imitación del juglar por caballeros nobles. Esto último se ilustra
muy bien con la anécdota del Quitab al Agani, que narra como un califa
aficionado a la poesía, a la música y al vino, cuando abusaba de éste último,
le daba por disfrazarse y salir a las calles como un auténtico fabulador;
imagen que coincide con el carácter ajuglarado y burlón de Guillermo de
Aquitania, que chocaba a otros nobles por su extravagancia. El trovador trata
de limitar la actividad del juglar al oficio de tañer y le atribuye tres
cualidades: 1 donaire: esto es aspecto, trajes y buenas costumbres; 2 esfuerzo
en su oficio, es decir buena voz y destreza en su instrumento, y 3 fiel memoria
de los versos trovadorescos, respeto y compromiso con su repertorio; pero no
aceptará tan fácil el trovador las composiciones y la versería del juglar:
vemos tensonar al juglar Lourenzo contra tres trovadores ricos, frente a
Alfonso X el sabio. Aún cuando los trovadores caídos en desgracia tenían que
buscar trabajo en las cortes se les seguía llamando trovadores, o cuando algún
juglar, como el mencionado Lourenzo, quería ascender a la categoría de
trovador, era de tal manera desloado y rechazado por los poetas al servicio del
Sabio, que tenía que renunciar a su ambición. A pesar del desdén clasista que
esgrimían contra los juglares, los trovadores tenían que reconocer su
influencia; además, el uso de la
palabra juglar se fue restringiendo para sólo nombrar a los artistas de
dignidad. También sabemos que los juglares se irán especializando por sus
inclinaciones y capacidades en juglares épicos o narrativos, juglares líricos y
juglares histriónicos.
Dejando a un
lado los conflictos de clases sociales, trovadores y juglares generan una
dinámica que garantiza, en el terreno de la lírica el fluir de la tradición: el
juglar hace volátil la palabra ya sea con las alas elegantes de la fina música
o con el revolotear del rasgueo desmesurado,
el trovador le da reposo en el papel, conoce las reglas de la rima y el
metro y supervisa de alguna manera el rigor del juglar en sus interpretaciones,
tanto la fidelidad memorística como la verdad de la voz y el desempeño
instrumental, pero las invenciones del trovador se someten al juicio del juglar
por medio de su público, o levantan el vuelo o regresan a dormir al papel.
El juglar lírico
galaico-portugués, gana terreno ante los antiguos maestros provenzales, sobre
todo por su repertorio de temas populares gallegos que, dada su sencillez eran
fácilmente comprensibles y a ellos el oído se entregaba con placer y descanso.
En el repertorio del más antiguo segrel del que se tiene noticia, Bernardo de
Bonaval resaltan arcaicas cantigas de amigo con repeticiones paralelísticas y
estribillo a las que se suman cantares de amor, con formas estróficas más
complicadas. Ya en este caso encontramos que el gusto por la lírica popular no
está en función de la falta de capacidad para componer o interpretar
composiciones elaboradas, ni de la falta de conocimientos, pues podemos
comprobar que Bonaval fue un buen juglar, es decir que se esforzaba día con día
en perfeccionar su oficio y ampliar su repertorio, pues aún al escarnecerlo,
tanto Pero da Ponte como Airas Peres lo reconocen como “tan buen segrer” y “muy
entendido en su arte”. No dudamos que haya habido mas de un jograron que
con su citolón (términos despectivos) recurriera a la lírica popular por
ser incapaz de comprender composiciones mas complejas o por perseguir aplauso y
dones fáciles, pero éstos no nos interesan pues no arrojan luz alguna hacia el
futuro, ni tuvieron influencia positiva sobre la tradición de origen popular.
No en vano, poetas y músicos del siglo XVI, nos previenen al expresar su gusto
por la canción popular de que este gusto no implica que se dejen llevar por las
modas pasajeras que entusiasman al vulgo.
El cantor lírico
por naturaleza es más modesto en su ambición de gloria que el cantor épico como
parece indicar Horacio: “Vi a Safo lamentándose con un laúd eolio sobre los
jóvenes del pueblo; y tú, Alceo, que cantas con más vigor al son de tu lira de
oro el mar y sus peligros, el destierro y sus dolores, la guerra y sus duros trabajos.
Las sombras escuchan a los dos y admiran sus cantos con religioso silencio.
Pero el vulgo apiñado presta su
atención más ávidamente a los relatos de combates y de los tiranos
destronados.” Y en el siglo XVI, el compositor para las veladas y festines
profanos es humilde ante los maestros de las capillas sacras, pero en el
terreno profano vemos como los que quieren obtener fama y gloria rápidamente se
inclinan, dando la razón a Horacio, por el romance.
Una juvenil e
incurable fascinación por la lírica popular hizo que talentosos músicos que
deseaban vivir dignamente de su oficio renunciaran a mayores glorias en pos de
ennoblecer la tradición lírica en la que se sumergieron. Y creo que fue la
fascinación y el trabajo de los músicos, mas que la eficacia del repertorio con
el público, lo que desembocó en la valoración de la lírica popular por la
nobleza en el siglo de oro español. Yo, como músico me pregunto ¿cómo no
sucumbir al encanto de esa poesía voladora por vocación, a esa palabra arcaica
siempre lozana, a esa letra que pide ser cantada? Además, podemos decir de la lírica popular de tradición medieval,
que apenas toca el intelecto, lo que es nada para la razón puede ser todo para
el sentimiento, y en ese aspecto la palabra tiene la misma sustancia que la
música, el sonido cobra significado al penetrar el cuerpo.
Estamos de
acuerdo en que solo la palabra volátil tiene esa capacidad y que, como hemos
dicho, la música le presta sus alas, pero como esto es una ponencia y tiene que
atender a la razón, tendremos que utilizar conceptos de oculta filosofía.
“Ahora examinaré la causa de esto y daremos otra razón de la fuerza de la
música, y es que, fuera de acomodarse el alma con la semejanza del sonido, o
apresuramiento o pausa –según filosofa Julio Escalígero no incongruentemente-
reciben dentro del pecho el aire trémulo y ondeando, haciéndose como unos con
él, siguiéndoles los otros espíritus de las demás partes del cuerpo, y mueven
los músculos, o los detienen, conforme el modo y ley de los números y tonos
músicos; o se apresura y repite incitadamente, o con mediano tenor se modera; o
con pausas lentas descansa, al modo que una cuerda tocada hace que resuene otra
cuando están acordadamente templadas y tiradas. No de otra manera los espíritus
del corazón se excitan por el sonido de fuera, y si este es furioso y
alborotado, ellos se alteran semejantemente.” (Nieremberg, Oculta filosofía
1634, primera parte, cap. XXII).
El músico de la
lírica popular en el siglo XVI queda en un limbo entre el mundo de la razón, de
la música intelectiva, y el mundo de la fe, que da espíritu a las
construcciones monumentales de los compositores sacros como Cristóbal de
Morales y Francisco Guerrero, entre otros. Por eso, el prólogo-dedicatoria de
la Recopilación de Juan Vásquez –el músico español más fascinado por la lírica
popular de los siglos XV y XVI- está justificado con razonamientos de oculta
filosofía: “Cuanta, ilustre señor, sea la fuerza que la música en los ánimos de
los hombres tiene, de los efectos que en ellos causa, fácilmente podrá
conocerse, pues vemos que a unos alegra, a otros entristece, a unos sana, a
otros furiosa o peligrosamente altera, como a aquel mancebo al cual la música
del tono frigio tanto había incitado, que Pitágoras mandó a la que tañía que
mudase el tono en espondeos, y así el mancebo con la grave y reposada música,
poco a poco se fue aplacando. Y de esta diferencia, parte es causa la
disposición de los oyentes, y parte la misma compostura de la música, que ora
de graves, ora de ligeras figuras es compuesta, y unas veces con apresurado,
otras con espacioso compás se canta.”
Por lo pronto
hagamos una reflexión de lo que dice Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658),
filósofo jesuita español, acerca de la fuerza de la música en el espíritu,
cuando habla de la simpatía “al modo que una cuerda tocada hace que resuene
otra cuando están acordadamente templadas y tiradas”; ¿no es el mismo efecto
que hace un estribillo popular de tradición medieval en el sentimiento del
oyente? Aquí la razón tiene que hacerse transparente para que la tremolación y
ondulación penetren al cuerpo.
Pero esa vía
transparente se abre de golpe y una sola vez, por eso poesía y música tienen
que ir perfectamente entrelazadas, si su entrada fuera diferida, el intelecto
estaría forzado a intervenir y el efecto quedaría mermado.
Francisco de
Salinas(1513-1590), académico de la Universidad de Salamanca y erudito de la
música explica la parte de la música que se funde con la poesía: la métrica; y
sin pretender hacer una apología de la lírica popular, trae de ella los
ejemplos más perfectos de este aspecto en la lírica tradicional hispánica.
Gracias a sus tratados, descubrimos los valores objetivos que los músicos
polifonistas de los siglo XV y XVI encuentran en la antigua lírica popular y
podemos vislumbrar cual es la aportación de los músicos que firman muchas de
las canciones del Cancionero Musical de Palacio. Por ser una brillante luz
sobre el quehacer del músico en el esplendor de la polifonía, vale la pena
escuchar al viejo maestro que en su VI libro sobre música nos dice: “No hay que
despreciar en lo absoluto la duda que sorprende a los hombres de nuestra época
sobre si es más digna de alabanza la invención de un tema o el acompañamiento
de varias voces; en otras palabras, para que los no versados entiendan, si
cuesta más encontrar una melodía natural que impresione las mentes de todos,
que se grabe en el espíritu de todos, y que finalmente se grabe en nuestra
memoria de tal manera que no tengamos que pensar y nos haga como despertar de
un sueño, como ocurre con muchas canciones populares; o si es añadir a un
determinado tenor tres o más voces, que puedan ilustrarlo con melodías que se
siguen, fugas, variaciones –como los prácticos dicen- de modo, de tiempo, de
prolación. Según la expresión de Quintiliano los primeros compositores se
llaman phonascos y los segundos sinfonetas.”
No podemos
sustraernos a la analogía dual del medioevo del siglo XIII trovador-juglar =
phonasco-sinfoneta, pero ahora la
creación primigenia ya no es privilegio de clase sino de antigüedad y los roles
aparentemente se han invertido, aunque nos confirma la teoría de Menéndez Pidal
de que los trovadores se hicieron a imagen y semejanza del juglar, pero entre
veamos la diferencia entre phonasco y sinfoneta y analicemos su relación: “parece que el tenor de una sola voz supone
mayor ingenio, y el que tiene varias voces distribuidas tiene mas técnica. Esto
último no lo pueden hacer sino los muy entendidos y ejercitados en música,
aquél fue inventado antiguamente por una virtud natural y congénita más que por
técnica, como puede comprobarse aún cada día.” “muchos de los que no saben
música poseen un admirable don para componer melodías, como aparece en nuestra
lengua vulgar, en la italiana y la francesa. No podemos negar que ambas cosas
puedan darse en un solo hombre. Puede éste encontrar una melodía feliz y añadir
otras voces a melodías de este tipo, siendo en este caso doble la cualidad.
Porque si, como dice Aristóteles, realmente merece alabanza el que asienta los
principios de una ciencia cualquiera, dado que lo demás es muy fácil de añadir
según él, no entiendo por qué el artífice de una voz simple debe ceder el lugar
al que no inventó tan fácilmente como añadió a lo inventado. Además, como
quiera que la música es como la madre del deleite, pienso que es más útil lo
que hace referencia al deleite de muchos que al de pocos. Ahora bien, la
melodía noble e insigne proferida con palabras convenientes es la que recrea a
más hombres, así doctos como indoctos. Respecto al arte de cuatro o más voces
¡qué pequeño es el número de personas que, aun entre los doctos, tan solo
medianamente llega a entenderlo! No obstante, todo el mundo al oírlo lo alaba
para no ser tenido por inculto. Que los sinfonetas den su lugar a los phonascos
en nuestra época y ya desde hace años, lo prueba el hecho de que apenas existe
hoy composición de una misa que no esté sacada de un tema antiguo. Además, la
composición musical que suele ejecutarse en las asambleas profanas y en los
banquetes de los príncipes no es tan complicada de voces que no pueda cantarse
sin partitura. Por otra parte, es raro encontrar cuatro o cinco personas que
sepan cantar suave y sabiamente, ya que casi siempre se comete algún error que
molesta y fatiga no poco a los oyentes;”
Suponemos que
Salinas quiere atacar lo que parece ser una tendencia en la España de su tiempo
de dar más crédito a los artífices de la polifonía que a los creadores
originales de los versos y la melodía; nos llama especialmente la atención que
en su argumentación para revertir esta tendencia reconoce mayor mérito
inventivo aún en el que no sabe de técnica musical que en el profesional,
cuando aquel nos entrega una canción inspirada y con una intuitiva corrección
métrica; entendemos que estos casos se pueden dar más comúnmente cuando el
phonasco, probablemente anónimo, está inserto en la tradición popular o
folclórica.
La duda que
sorprende a Salinas, como a muchos hombres de su tiempo sobre si es más digna
de alabanza la invención de un tema o el acompañamiento de varias voces, nos
inclina a pensar que los nombres de los músicos plasmados en el Cancionero
Musical de Palacio sobre muchas de las piezas se refieren a los sinfonetas que
hicieron las elaboraciones polifónicas y las consignaron. También hay que
observar que canciones con indudable origen arcaico, popular o folclórico
carecen de crédito personal en el manuscrito; sirvan de ejemplo “Al alba
venid”, “Rodrigo Martines”, “Entra mayo y sale abril”, “Tres morillas me
enamoran en Jaén”; el origen tradicional y el arcaísmo en estas canciones puede
apreciarse tanto en la música, como en la poesía, además de que existe una
coherencia y organicidad entre las coplas y el estribillo, en la estructura; en
el manejo polifónico puede apreciarse la conservación de la simplicidad en las
melodías y son pocas y muy evidentes las alteraciones que en la melodía ha
impuesto la elaboración polifónica. Pero quiero llamar la atención en que, a
pesar de la fina, aunque sencilla, elaboración polifónica de “Al alba venid”,
por ejemplo, el sinfoneta ha dado su lugar al antiguo y anónimo phonasco, tal
como sugiere Salinas.
Si observamos
las distintas composiciones “firmadas” por un mismo músico en el mencionado
Cancionero Musical de Palacio, confirmamos la sospecha en su quehacer de
sinfonetas. Por ejemplo, de Juan de Anchieta encontramos dos villancicos de
origen popular que Margit Frenk registra en su Nuevo Corpus: “Dos ánades,
madre” y “Con amores, la mi madre, con amores me adormí” (la segunda en voz de
mujer); en ambas piezas encontramos una elaboración polifónica que utiliza
bastantes figuras de disminución, aunque si deconstruímos y eliminamos
imaginariamente las notas de paso podemos encontrar una presunta melodía
original sobre la que Anchieta desarrolló su técnica diestramente; las otras
dos piezas que Anchieta tiene en el manuscrito, completando su aportación son
un villancico a la virgen, y una cancioncilla de tema romanceril. Podemos ver
que el maestro de la corte tenía una afición a trabajar sobre materiales de
tradición medieval, ya que no encontramos ninguna composición de estilo
cortesano en su aportación, además de que Salinas nos informa que Juan de
Anchieta compuso una misa sobre el tema melódico de una cancioncilla popular
que hacía referencia a la expulsión de los judíos a finales del siglo XV.
Escobar, con 18 composiciones firmadas en el cancionero, no muestra en cambio
una predilección por la lírica popular sino por ejercitar sus capacidades
polifónicas en la mayor variedad posible de subgéneros: canciones trovadorescas
de tipo cortesano, burlescas, a lo divino, villancicos pedigüeños,
carnavalescos, romancillos dialogados, tres villancicos populares con préstamos
cortesanos, y uno auténticamente popular “No pueden dormir mis ojos” en voz de
mujer y con perfecta coherencia entre estrofa y estribillo. Gabriel y Juan del Enzina –los que tienen
mayor número de canciones en el manuscrito- son músicos- poetas,
phonascos-sinfonetas de sus composiciones, su carácter es trovadoresco y
utilizan su técnica polifónica con la finalidad de cosechar éxitos rápidamente;
en el caso de Enzina también puede apreciarse el uso del romance por ser más
efectivo para captar la atención de un público numeroso. Pero en los tiempos
del Cancionero de Palacio, nacería en Badajoz, el polifonista al que he llamado
el más fascinado de los músicos con la antigua lírica popular: Juan Vásquez que
nos dejó 59 composiciones sobre antigua lírica popular documentadas en el NC de
Frenk
Vale la pena
escuchar las reflexiones de Salinas en cuanto a la cuestión de si es preferible
componer a partir de temas conocidos o de los propios. “Ya hemos recordado que
es mucho más agradable el canto compuesto según una melodía conocida, que otro
canto que compone el sinfoneta por vez primera según su capricho. Pues como
dice Horacio: Mejor recitas el poema de la Iliada que si tu eres el primero en
declamar algo que nadie conoce ni se ha recitado jamás. Y Aristóteles, en sus
Problemas, tratando de investigar por qué nos gusta más oír un canto conocido
que otro desconocido, entre otras razones aduce lo siguiente: cuando se conoce
lo que se canta, se aprecia mejor lo que el músico pretende, porque es más
dulce de contemplar y más suave para los oídos lo habitual que lo insólito; y
además porque cuando se oye una canción conocida, percibimos con mayor placer
los diversos modos que usa el buen artista en la modulación. Por tanto, en
mayor estima se tienen los tan conocidos motetes de Josquin des Prés Inviolata,
Benedicta es caelorum regina, Praeter rerum seriem, compuestos
según los cantos inventados en la Iglesia desde hace muchos siglos y todo el
mundo ha escuchado, en los que solamente se han añadido varias voces, que
aquellos cuyo tema él mismo inventó.”
Terminaremos de
citar a Salinas cuando se refiere a los cantos de una sola voz que han tienden
a la supervivencia con esto: “No vemos que se cante nada, especialmente en las
canciones populares, que no sea métricamente, y, como dice Horacio: el metro
prepara los espíritus”. Hemos descubierto el secreto del gusto de los músicos
que, ya en el Cancionero de Colombina, de Palacio, de Segovia, supieron
degustar el sabor añejo de una melodía, de un poemita simple, de la palabra que
–como dice Margit Frenk- ni siquiera era considerada poesía pero que tiene la
vocación de la música y en efecto prepara los espíritus y despierta un instinto
de interpretación altamente creativo. Se explica así que las composiciones más
logradas musicalmente de los siglos XV y XVI abreven en la antigua lírica popular.
Además, si atendemos a las palabras de Juan Vásquez cuando escribe “poniendo en
los templos (como en su lugar propio) la Música grave y triste para que más nos
provoque a devoción y levante el espíritu a la contemplación de su
criador,...dejando para las canciones alegres (que sirven de recrear los ánimos
afligidos) la más alegre y ligera compostura, vistiendo el espíritu de la
letra, del cuerpo y la música que más le conviene” comprendemos que el objetivo
artístico del que elabora la composición polifónica corresponde a la vocación
con la que nació el cantarcillo. El villancico popular en voz de mujer “¿Con
qué la lavaré?” que no dejó ninguna huella en los cancioneros poéticos,
despertó el instinto de varios músicos del siglo XVI al grado que conocemos
seis versiones: en Narváez, en el Cancionero de Upsala, en Juan Vásquez, en
Fuenllana, en Pisador y en Vladerrábano. Hay diferencias entre ellas, pero
todas tienen algo en común que es, usando las palabras de Vásquez, el espíritu
de la letra; y fue, a mi parecer este maestro el que logra la versión más
sublime (que imita Fuenllana en su versión para vihuela y canto), pues conserva
la vocación original de la voz desnuda y la eleva con otras voces de
contrapunto imitativo –alas transparentes- preparando a los oyentes para
recibir el sentimiento en su pureza primera.
Corresponde a
otro estudio, rastrear el complejo proceso que hizo que los cantares líricos
tradicionales penetraran en otras capas sociales desligadas de su gestación;
seguramente fue la actividad tanto de juglares trashumantes, como de
folcloristas al estilo del árabe Malec, pero no quiero terminar sin recalcar la
importancia para la valoración de la antigua lírica popular hispánica, de la
fascinación de músicos dignos y preparados que se entregaron a expandir el
valor artístico esencial en sus cantares.
Termina Juan
Vásquez el prólogo-dedicatoria de su Recopilación de sonetos y villancicos a
quatro y a cinco: “Y en este segundo género de música alegre van compuestos
estos sonetos y villancicos castellanos que a V.M. presento, para las horas
desocupadas de los negocios de veras. Con cuyo favor espero que darán a todos
el contento que yo deseo. Reciba, pues, V.M. este servicio con el ánimo que yo
se lo ofrezco y tenga por cierto que con mayores cosas (si pudiera) quisiera
servirle.”
Los primeros
investigadores modernos que documentaron la existencia del polifonista se
equivocaron al suponer que había compuesto muchas misas como Morales o
Guerrero, a los que Vásquez considera sus maestros. El musicólogo y editor
Eduardo Sohns, se extraña de que los vihuelistas publicaron canciones,
seguramente oídas a Vásquez antes que él. Como ya he dicho, quien trabaja con
la lírica popular, que guarda en sus entrañas el sentir de muchos, renuncia por
naturaleza a la gloria personal; no puede “cerrar” una puerta que él encontró
abierta, y encuentra satisfacción en hacerse transparente para que ese sentir
sonoro pase sin distorsionarse a través del propio ingenio. Yo me pregunto ¿no
es más puramente artística la intención de dar contento en las horas
desocupadas, recrear los ánimos afligidos, que la de provocar una devoción
extra-musical u obtener un producto de consumo? No responderé porque una de las
virtudes del músico de la lírica popular, anónimo o conocido, endémico o
extranjero, es la humildad.
Manuel Mejía Armijo, noviembre 2007
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