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Concierto en la prisión | Imprimir |
Este es el testimonio del concierto del grupo Segrel en el reclusorio femenil de Santa Marta Acatitla, relizado el 23 de agosto 2006; en el artículo se abordan temas como el valor de la música en la adversidad, el acceso al arte como derecho humano y se pone de manifiesto la importancia social y humanística de programas de fomento a proyectos artísticos como el que el FONCA brinda al grupo Segrel.

Cuando apareció en el paisaje la muralla de la penitenciaría "la grande" e inmediatamente después la prisión femenil de Santa Marta, guardaba en silencio la incertidumbre de lograr realizar con éxito un concierto de música antigua. Tres elementos humanos son fundamentales en el resultado de un concierto: el artista, el público y los funcionarios de cultura; en este caso, en el grupo Segrel confiaba plenamente, al cautivo público femenino había decidido apostarle sin reservas, y a los funcionarios de Difusión Cultural de dicho centro de readaptación los conocía solo por teléfono: es verdad que me habían dado muestras de disposición y apertura; por ejemplo, cuando decidíamos sobre el recinto idóneo, en primera instancia me sugirieron el patio donde las cautivas se reúnen en las horas de descanso-convivencia. Yo les hice hincapié en que era preferible un salón, a falta de auditorio, apropiado para un público selecto y atento, porque es lo que nuestra música exige.

Pensaba que la propuesta era atrevida, pero para mi sorpresa, al entrar al dormitorio 6, me di cuenta que los encargados de Difusión Cultural apostaban a algo más temerario: "Aquí dentro de los dormitorios, nunca se realizan eventos, así que ese solo hecho va a llamar la atención", dijo con confianza la licenciada Magali y el profesor Jorge comentó algo que yo interpreté como: "la música será la que elija a su público".  Escuché que su plan de convocatoria, además, implicaba a lo mucho un par de acciones: "ya le dije a Sara para que corra la voz";  supe que se refería a quien "le dicen la narcosatánica", que yo había tenido oportunidad de conocer unos diez años atrás y cuya personalidad sumada a su fama me pareció desde entonces algo inquietante ¿entonces los personajes más crueles y malditos de la historia resultan luminosos?, o por el contrario ¿acaso una víctima de la injusticia y la crueldad más destructiva puede conservar una vitalidad, amabilidad y dignidad fuera de lo común?;  la imposibilidad de responder estas preguntas, y ser testigo de que aquel espíritu busca y encuentra caminos en la expresión artística, representando un liderazgo que se ha impuesto a los años de adversidad y prisiones como si fuera una fuerza de la naturaleza, me hace ver que un ser humano no está capacitado para juzgar a otro ser humano y menos cuando sus circunstancias son tan distintas.

Pues en lo que la voz se corría -o suponíamos que se corría-, una vez afinados los instrumentos, el reloj marcó las doce del día, la hora señalada; los ruidos y el radio de la cocina contigua cesaron y nos encontramos ante un público de tres mujeres y el profesor, situación que rebasaba por lo bajo cualquier expectativa; así que haciendo acopio de valor y concentración comenzamos a tocar con nuestros instrumentos antiguos y, cual debe ser, sin micrófono alguno. Tal vez he pedido lo imposible, pensé, y aún lo posible no suceda... pero el programa es largo, como la resignación.

Una incomprensible sonrisa se dibujaba en el profesor y de pronto, todas las sillas estaban ocupadas, proceso tan silencioso que pasó inadvertido para los intérpretes de aquellas músicas del pasado. Llegó el momento del Canario, en versión anónima del siglo XVI, que en su inexorable desarrollo sirvió de tribuna para que Vladimir Bendixen alzara la voz:

 

            Busco en la muerte la vida

            salud en la enfermedad,

            en la prisión libertad,

            en lo cerrado salida

            y en el traidor lealtad.

            Pero mi triste suerte, de quien

            jamás espero algún bien,

            con el cielo ha estatuido

            que, pues lo imposible pido,

            lo imposible aún no me den.

 

La contradicción que entraña esta décima contenida en el Quijote (Parte I, capítulo 33), enfatizada por lo alegre dela danza, provocó una elegante ovación por parte de las cautivas; lo emotivo para mí es que su aplauso no iba dirigido únicamente a nosotros, sino al arte lírico que nos hemos propuesto transmitir, a las palabras que Cervantes escribió hace quinientos años desde la prisión, hecho que aunque ignorado por la mayoría del público, seguramente no pasó desapercibido.

Un músico se prepara técnica y mentalmente para ser lo menos vulnerable a las circunstancias adversas del escenario, pero pobre de aquel que renuncie a su sensibilidad por este fin; la energía que fluye entre el artista y el publico es un factor determinante en el desempeño de la música; por eso quiero resaltar que las recercadas de Diego Ortiz, la fantasía para laúd solo de Alonso Mudarra o la canción ¿Con qué la lavaré? de Vasques-Fuenllana interpretada en íntimo trío instrumental de fídula, laúd y viola da gamba, fueron recibidas con tal sensibilidad y atención que, aunque las condiciones acústicas estaban lejos de ser las óptimas, nuestro desempeño gozaba de tal libertad que podíamos lograr esos pianíssimos que solo los instrumentos antiguos pueden producir, en pleno corazón de una prisión activa y saturada.

Sólo hubo una breve interrupción: un extraño ritmo percusivo que se acercaba hasta que descubrimos al autor, el recogedor de la basura arrastrando dos grandes tambos; también rítmicamente, Jorge Morenos le dirigió con su jarana cinco notas de maternal referencia, pero a tal velocidad que, más que un insulto fue un chascarrillo que las cautivas celebraron con relajada discreción; la risa tiene un lugar privilegiado en un concierto de música seria (quiero decir con música seria que su interpretación debe tomarse en serio, no que se le imponga un carácter adusto).

Aunque todas las que viven en prisiones comparten muchas cosas en común (uniformes, reglas específicas, alimentos, dormitorios, etc.) su comportamiento está muy lejos de parecerse al de un rebaño, ni siquiera al de un grupo de niñas de escuela;  en verdad estábamos, al terminar el concierto de noventa minutos, ante un público selecto que aplaudía de pie dando plena libertad a su entusiasmo. Se comprobaba que en el mini-universo del reclusorio había un público -seleccionado por un proceso reflexivo invisible- más que suficiente para realizar un concierto de música antigua, lo cual no deja de ser realmente alentador para nosotros.

Pedí a las cautivas sus comentarios y observaciones, y no tardaron ni un instante en expresarse y en preguntar sin inhibición alguna. No reproduciré aquí los halagos y felicitaciones, que guardaremos para nosotros con cariño y agradecimiento, pero sí quiero expresar la satisfacción de comprobar en las palabras y en los hechos el valor que tienen estos conciertos que entre nosotros llamamos de servicio social, actividad que podemos concretar gracias al apoyo por parte del FONCA con que cuenta nuestro proyecto La antigua lírica popular hispánica y el son huasteco. Irónicamente, ofrecer conciertos gratuitos implica un esfuerzo especial para que el beneficio realmente llegue a quien lo necesita y no se devalúe nuestro trabajo. Por esa razón, antes de dar el merecido crédito al FONCA, expliqué que el grupo Segrel se presenta en salas de concierto, pero consideramos muy importante que las comunidades (hospitales y prisiones) que no pueden asistir a esas salas por más que quieran, tengan acceso a los resultados de nuestro trabajo.

Además, compadecerse del dolor de los otros es una necesidad que muchas veces ignoramos o satisfacemos a un nivel muy bajo, siendo una experiencia de enorme valor humano y uno de los mayores privilegios para los servidores del arte.

Termino reproduciendo los versos de la canción que más conmovió a las cautivas, recopilada a principios del siglo XVI en el Cancionero Musical de Palacio; el extracto de un romance viejo que alcanzó a recordar en el aislamiento de la prisión algún hombre del siglo XV:

 

            Por mayo era, por mayo

            cuando fazen las calores;

            cuando dueñas y doncellas

            todas andan con amores;

            cuando los que están penados

            van servir a sus amores;

            caballeros y escuderos

            van servir a sus señores;

            sino yo triste cuytado

            que yago en estas prisiones.

 

Manuel Mejía Armijo, agosto 2006.

Comentarios
En la prisión
Escrito por susana el 2006-09-03 00:33:04
Es realmente conmovedor el artículo. Yo canto en un coro y nunca se me había ocurrido presentarnos en una prisión y me parece muy inspiradora la experiencia. Felicidades Manuel, denotas una gran sensibilidad y una magnifica forma de expresarte. 
Saludos 
Susana

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