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Notas al programa (1) | Imprimir |
[La lírica medieval hispánica]

La lírica medieval, de origen preponderantemente popular -folclórico y juglaresco-, es el semillero de las lenguas romances y permanece en la médula de la literatura y música hispánicas, alcanzando su máximo esplendor en los siglos XVI y XVII. Descubrimientos e investigaciones recientes parecen confirmar que "al lado de la poesía latina, escrita por clérigos de la alta Edad Media, hubo una lírica en lengua latina vulgar y románica primitiva, poesía cantada por el pueblo iletrado, lírica que nadie pensaba escribir..." teoría que sostuvo el eminente investigador Ramón Menéndez Pidal desde la primera mitad del siglo XX, y que ha sido reforzada por el descubrimiento y publicación de las jarchas mozárabes, breves estribillos líricos que datan del siglo XI hallados en la parte final de las poesías árabes y hebreas llamadas muwashahas; la recopilación de la tradición oral de los romances y cantares judeo españoles, que guardan muchos elementos arcaicos, a pesar de haber llegado hasta nuestros días en tierras no hispanohablantes como Turquía, Balcanes, Grecia, Magreb; las grandes recopilaciones y estudios sobre la lírica popular antigua como el Nuevo Corpus.

Margit Frenk, investigadora mexicana que ha hecho importantes aportaciones al estudio de la lírica antigua, compara el panorama de la lírica medieval con un complejo mapa fluvial con ríos de todos tamaños cuyas corrientes en partes se mezclan, en partes se separan, a veces se unen en grandes cauces, a veces se pierden en efímeros riachuelos. Si los filólogos reconocen que de este mapa sólo se conocen poquísimos elementos, en el terreno musical el desconocimiento y las incertidumbres se multiplican de tal manera que nuestro objetivo de ofrecer a ustedes un panorama de la lírica con su música en la España medieval se torna demasiado ambicioso. Aún así, el presente programa amplía su visión ofreciendo varias piezas inéditas en el ámbito musical fundamentales en la tradición lírica, alcanzando más allá que los dos o tres repertorios con los que comúnmente se representa la lírica medieval; no nos ha parecido suficiente para comprender el arte medieval, asomarnos a través de las versiones refinadas de los cancioneros de los siglos XV y XVI, que aunque si duda ganan calidad artística mediante el tratamiento polifónico, también pierden algunas de sus cualidades vitales como su relación con la danza.

Aceptando que ofrecemos un panorama fragmentado, el público de oído afilado podrá apreciar con satisfacción los elementos unificadores durante este recorrido: formalmente predomina el estribillo alternado con estrofas que caracterizan al villancico, al zéjel (con reglas más rígidas en la estructura estrófica) y a la cantiga (casi siempre con estructura zejelesca o paralelística), que musicalmente se refleja en las melodías bitemáticas; aunque en las jarchas mozárabes no encontramos esta estructura, existe una evidente correspondencia con el estribillo del villancico (técnicamente villancico es el nombre del estribillo, que se generaliza a toda la composición) y de la cantiga; algunas variantes características como las coplas paralelísticas, en la que las estrofas se enlazan por la repetición del último verso cambiando la palabra rimada, pueden encontrarse tanto en la lírica galaico-portuguesa del siglo XIII como en las canciones castellanas recopiladas en el siglo XVI, conservando su temática amorosa (esta variante de la forma va muy ligada a las cantigas de amigo). Uniforme es también el universo simbólico en una poesía donde el símbolo no deja de ser lo que es en la realidad cuando simboliza o representa otra cosa, obteniendo así una ambivalencia que permite al escucha situarse simultáneamente en dos planos: la imagen plástica o la sencilla anécdota y el estado de ánimo o sentimiento. Así, cuando la muchacha canta a su amigo "venid al alba", además de estar fijando la hora de la cita (al final de la noche), está expresando su deseo y aclarando que la cita será de amantes, ya que el alba simboliza el momento en que se consuma el acto amoroso.

En los cuatro grandes ríos -retomando la imagen de M. Frenk- de la lírica medieval hispánica (mozárabe, galaico-portuguesa, catalana y castellana) encontramos por lo menos dos abrumadoras correspondencias temáticas, correspondencia que en muchos casos se extiende a sus peculiaridades formales: las canciones amorosas en voz de mujer (que llamaremos por su nombre galaico-portugués, cantigas de amigo) con su tono poético sensual e inocente y sus melodías lánguidas y flexibles; los temas burlescos y de escarnio -los preferidos de los juglares cazurros- ajustados a estructuras zejelescas y música de marcado carácter rítmico invitador a la danza.

En cuanto a las cantigas dedicadas a la Virgen y los gozos de Santa María, continúan el arte del amor cortés de los trovadores provenzales que idealizan y espiritualizan el amor a su dama a tal extremo que fácilmente se identifica con la devoción de los trovadores españoles.

Las correspondencias y los elementos unificadores en la península ibérica se deben sin duda a la intensa actividad de los juglares, que durante los orígenes de las lenguas románicas no encontraban fronteras lingüísticas para su arte, haciéndose entender lo mismo en Andalucía  que un Cataluña o Provenza, aprendiendo y difundiendo canciones tanto del folclor de los pueblos como de los distintos trovadores. Desde el siglo X, se ha documentado la presencia de juglares, ministriles, segreles, zaharrones, remedadores, cazurros, ciegos, clérigos, escolares, juglaresas, soldaderas, cantaderas y danzaderas... cada uno de ellos con distintas destrezas en el canto, la versería, la danza y la ejecución de una larga lista de instrumentos musicales; si además dominaba el arte de la composición en el verso y la tonada así como de la música para la danza, se le llamaba trovador; cuando alguno llevaba este arte al más alto refinamiento y tenía una profunda sensibilidad crítica y conocimientos, se le llamaba "don doctor de trobar", título que bien merecen el "Rey Sabio" y Juan Ruiz Arcipreste de Hita, ambos presentes en este programa.

Dejemos que resuenen sus voces y sus instrumentos, sus loores y sus burlas y gocemos porque aún el desconocimiento, en el escenario se convierte en un elemento positivo: el misterio.

Notas: Manuel Mejía Armijo